Desde que tengo uso de razón, me esforcé por cuidar mi “reputación”. Traté de ser un buen niño, dar un buen ejemplo a otros, buscar la aprobación de los adultos y la admiración de mis compañeros, hice todo lo que pensé era lo correcto e intenté que mi nombre nunca fuera asociado con cosas negativas.
Fue así en la escuela, en mi adolescencia, mi vida laboral y es así hoy de adulto. El ser percibido como algo más que un ejemplo de buena persona sigue siendo algo que me estresa.
¿Por qué? Hasta el día de hoy, nunca me lo había cuestionado. Sé que no soy una mala persona. También sé que cometo muchos errores. Con mi manera de ser puedo hacer sentir incómodo a otros y no me importa ser directo o grosero si la ocasión lo amerita. No me hace daño escuchar un no y tampoco me lastiman las palabras desagradables.
Aun así, si siento que alguien me está viendo, trato de pedir una ensalada en vez de una hamburguesa.
¿Por qué busco ser percibido como alguien bendito y cuido mis palabras, mis pasos, mis acciones y hasta la comida que me llevo a la boca? Probablemente por una mezcla entre mi deseo de ser aceptado, internalización de valores sociales, la búsqueda de validación externa y necesidad de control. O resumido, simplemente aún no supero el miedo al “qué pensarán de mí”.
Que al principio no parece tan grave, hasta que me doy cuenta de que esto es lo que en ocasiones me lleva a ocultar mis fallas y compartir lo menos posible acerca de mí para que nadie tenga acceso a mis debilidades. ¿Imperfecciones que no se ven, malos conceptos que no se crean?
Pero las cosas van más allá, ocultar mis debilidades es solo el inicio. Lo que viene después es la deshonestidad. Hasta hoy en día, como lo fue antes, soy incapaz de decirle a alguien que no puedo ir a este viaje o no puedo ir a este concierto ese día porque no tengo el dinero suficiente. Siempre hay otra excusa más elaborada que: no tengo dinero.
Lo mismo sucedió durante mucho tiempo con mis sentimientos: esta incapacidad de admitir estar enamorado, feliz, triste o incluso deprimido. Me llevó a encerrarme y alejarme de las personas que se preocupaban por mí y con quienes pude haber sido honesto desde el principio. A ensimismarme mientras construía un muro de apariencias y justificaciones para ocultar la verdad.
Y todo por no querer aceptar que no soy perfecto. Que tengo vulnerabilidades y que hay cosas en mi vida que todavía no he resuelto y partes de mí que todavía me avergüenzan y con las que aún no he hecho las paces.
Deudas que me quitan el sueño. Malas decisiones que todavía me persiguen. Personas que no olvido. Malas noticias que no he entregado. Adicciones de las que no me siento listo para hablar. Vulnerabilidades en mi interior y exterior. Momentos a los que quisiera volver. Y otra lista de remanentes, consecuencias de mis errores, situaciones de la vida y marcas que otros dejaron.
Y entiendo que es normal ocultar partes de nosotros de las que no estamos orgullosos. Lo hacemos porque queremos protegernos y porque no siempre estamos listos para abrirnos a cualquiera que llegue a nuestra vida. Esto tiene su sentido.
El problema surge cuando, como en mi caso, nos convencemos de que ser reservados es una elección consciente, una manera prudente de cuidar nuestra imagen. Cuando, en el fondo, esa no es toda la verdad. A veces, esa aparente discreción no es más que un escudo detrás del cual nos escondemos, un intento desesperado de mantenernos fuera del alcance del juicio ajeno. No es protección, es miedo. No es prudencia, es temor a la vulnerabilidad.
Y con el tiempo se vuelve una costumbre, una máscara que se activa en automático cuando las inseguridades aparecen. Y que solo sirve para crear más capas entre lo que somos y lo que proyectamos. Teniendo el efecto contrario.
Siempre he tenido problemas conectando con nuevas personas. Porque me es difícil ser empático y por lo que aquí menciono, mi incapacidad de ser genuino. Y si no soy genuino, la gente lo percibe al instante. Todos tenemos un radar que se enciende en el momento que falta coherencia entre lo que decimos y hacemos.
Por lo que la única manera de ganar es siendo auténticos. Mostrarnos como somos, con nuestras virtudes y defectos, con lo interesante y lo mundano, con lo coherente y lo caótico.
Solo siendo auténticos encontraremos quiénes somos, nos aceptaremos con todo y defectos y reconciliaremos esas pequeñas cosas que tanta insatisfacción nos han causado y atraeremos finalmente a las personas que quieren estar con nosotros porque nos vieron sin maquillaje y aun así no tienen dudas de nuestro valor.
No es un proceso sencillo, en mi caso, llevo toda mi vida batallando entre lo que quiero decir y lo que creo que las personas quieren escuchar. Me volví un experto en ajustarme a lo que los otros esperan de mí.
Por lo que el camino que me espera es largo, pero consciente de que es lo mejor para mi y todos a mi alrededor, quiero seguir mejorando hasta rehacer la relación con el Daniel que siempre había estado aquí pero que no había tenido el coraje para dejarlo vivir bajo sus propios terminos.